No todos los paquetes deben salir de inmediato. Al reconocer patrones de proximidad temporal y espacial, el sistema agrupa sin afectar promesas. Un operador en Sevilla vio caer los kilómetros por entrega, mientras se mantenían ventanas exigentes. Repartidores agradecieron menos zigzags, los clientes notaron consistencia y la ciudad ganó menos tráfico innecesario, especialmente durante picos de almuerzo y cierres de oficinas concurridas.
La lluvia cambia todo: rutas, velocidad y seguridad. Incluir pronósticos hiperlocales en la asignación de vehículos evita sustos y devoluciones. En Bilbao, anticipar chubascos derivó ciertos envíos a lockers cubiertos y preparó equipamiento adecuado. Los tiempos variaron menos, el ausentismo bajó y los clientes agradecieron notificaciones claras que ofrecían alternativas cómodas sin perder la sensación de control sobre su entrega programada.
Cada entrega enseña algo si existe un canal de retorno. Repartidores registran portales difíciles, horarios sensibles y trucos de acceso. El sistema aprende y comparte. En Málaga, anotar códigos de portería y timbres defectuosos ahorró minutos repetidos y frustraciones. Este conocimiento, convertido en reglas de negocio, elevó la primera entrega exitosa y liberó tiempo para tareas de valor, como atención empática en incidencias.